La Acacia Sagrada: Saber antiguo y mitos modernos sobre un árbol del desierto y la DMT

A group of Vachellia tortilis in the sunset, desert of Al Muntarib, Oman.
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Artículo publicado originalmente en el Boletín Digital Mandrágora número 5.

Nota sobre taxonomía

Como resultado de estudios filogenéticos, en 2003 se propuso una re-clasificación del género Acacia que, tras los intensos debates de rigor, fue finalmente aprobada en el 17º Congreso Internacional de Botánica de 2011. Desde entonces, la taxonomía reserva el género Acacia principalmente para las especies nativas de Australia, que ya comprendían la mayoría en la clasificación previa y suponen unas 1100 especies en la actual. Las acacias nativas de África y del Medio Oriente fueron asignadas a los géneros Vachellia y Senegalia, que suman ahora aproximadamente 350 especies [1].

Las publicaciones anteriores, como el artículo de 2008 de Benny Shanon del que hablaremos a continuación, aún se referían a Acacia sensu lato. Aquí, y dado que las especies que nos interesan principalmente (como Vachellia tortilis, anteriormente Acacia tortilis) fueron afectadas por el cambio, optaremos por la nomenclatura antigua o la nueva en función del contexto. Nuestras abreviaciones para cada género corresponden a A.=Acacia, S.=Senegalia y V.=Vachellia. En lenguaje coloquial usaremos también el genérico, no científico “acacias” para referirnos al grupo de especies africanas y del Medio Oriente que la taxonomía incluye ahora en Vachellia o Senegalia.

Del Amazonas al Sinaí

“Las ideas aquí contempladas se basan fundamentalmente en el hecho de que en las zonas áridas de la península del Sinaí y del sur de Israel crecen dos plantas que contienen las mismas moléculas psicoactivas halladas en las plantas con las que se prepara la Ayahuasca, la potente decocción alucinógena de la Amazonía. Estas dos plantas son especies del árbol Acacia y el arbusto Peganum harmala.” [2]
Esta cita pertenece a un artículo escrito en 2008 por Benny Shanon, profesor de psicología en la Universidad Hebrea de Jerusalén tristemente fallecido el año pasado. En él propuso la idea de que “la antigua religión israelita estaba asociada con el uso de enteógenos (plantas psicoactivas utilizadas en contexto sacramental)”.

Aunque el mismo Shanon la describió como hipótesis especulativa, la idea fue adoptada inmediatamente por un público creciente interesado en la ayahuasca, epítome de bebida visionaria e influencia clave en el reciente (re)descubrimiento de prácticas chamánicas en nuestra cultura. La asociación entre experiencias místicas o teofanías en la antigüedad y el hipotético uso de plantas psicoactivas no era nada nuevo, pero la conexión con la tradición hebrea, junto con la amplia distribución geográfica de las plantas en las que Shanon basaba su hipótesis, encendieron las especulaciones e incluso animaron a otros a proyectar este nuevo “enteógeno antiguo” a otros lugares de un vasto paisaje histórico, desde el Antiguo Egipto a Sumeria y más allá. Durante el último año hemos seguido encontrando comentarios, artículos e incluso cursos y presentaciones que, de forma consciente o no, se basan en el artículo de Shanon. Parece razón suficiente para examinar detenidamente los datos que presentaba; pero, análisis aparte, he aquí una historia en la que convergen diferentes nociones de mito —relato antiguo, idea errónea, creencia popular o incluso elemento imaginario. A la que nos gustaría añadir una reflexión sobre qué puede hacer que un árbol sea considerado sagrado.

The Umbrella Acacia, Vachellia tortilis.
La "Acacia paraguas", Vachellia tortilis. Foto de Haplocromis (2009). CC BY-SA-3.0
Antes de abordar las ideas de Shanon, es necesario proveer contexto con un rápido resumen sobre lo que las inspiró: la ayahuasca, y en particular sus ingredientes principales.
La ayahuasca es una tradición rica y compleja, seguida por cerca de un centenar de grupos indígenas en la Amazonía. En diferentes idiomas se la llama yagé, caapi, nixi pae, camarampi o natem —hasta 42 nombres distintos aparecen en la relación dada por Luis Eduardo Luna hace cuarenta años [3]. Su antigüedad es desconocida y los datos arqueológicos, escasos y difíciles de obtener en la selva tropical, se siguen analizando [4]. Aunque existen relatos históricos al respecto por parte de Jesuitas españoles y portugueses ya en el siglo XVII, el primer informe importante que incluye una identificación formal de la principal planta utilizada, la liana Banisteriopsis caapi, lo facilitó Richard Spruce, botánico inglés que asistió por primera vez a una ceremonia de ayahuasca entre los Tukano en 1852. Casi un siglo después, el botánico de Harvard Richard Evans Schultes se encontró con la ayahuasca en la región del Putumayo, Colombia, en 1941. Sus crónicas a lo largo de una década establecieron la base para los estudios etnobotánicos y farmacológicos modernos sobre la bebida y sus ingredientes [5].
Tucano people dancing during a celebration, near Rio Vaupés (1923-1926)
Pueblo Tucano bailando en una celebración, cerca del Río Vaupés (1923-1926) Foto de Douglas Melin. Museo Sueco de Historia Natural. Licencia CC BY-SA 4.0
Aunque caben tantas variedades de ayahuasca como tradiciones individuales, la bebida prototípica actual se prepara a partir de la liana Banisteriopsis y una planta adicional, normalmente hojas de Psychotria viridis Ruiz & Pav., un arbusto de la familia de las Rubiáceas, o en otros casos de Diplopterys cabrerana (Cuatrec.) B. Gates. La liana contiene alcaloides beta-carbolínicos psicoactivos como harmina, harmalina y tetrahidroharmina, mientras que tanto P. viridis como D. cabrerana son ricas en N,N-dimetiltriptamina (DMT) un compuesto visionario muy potente. Un problema que presenta la DMT es que, si se ingiere de forma oral, será rápidamente metabolizada por las enzimas monoamino-oxidasas (MAO) de nuestro tracto digestivo, lo que impide que alcance la circulación sistémica y pueda ejercer sus efectos. Aquí es donde la sorprendente sabiduría de la ayahuasca (comunicada por las mismas plantas, nos dirán sus practicantes) entra en juego: los alcaloides beta-carbolínicos de la liana no solo causan un efecto por sí mismos, sino que a través de la acción temporal de bloqueo que ejercen en las enzimas MAO permiten también a la DMT funcionar. Esta sinergia entre compuestos fitoquímicos, junto con el componente ritual de la ayahuasca, resulta en experiencias visionarias intensas, transformadoras y potencialmente curativas, con un profundo significado personal y a menudo espiritual para los participantes.
Liana de ayahuasca (Banisteriopsis caapi), jardín botánico del Centro Takiwasi. Foto de François Delonnay (2007). Licencia CC BY-SA 4.0
Preparación de ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y chacruna (Psychotria viridis) para una cocción en el Centro Takiwasi, Perú. Foto de François Delonnay (2007). Licencia CC BY-SA 4.0
Esta comprensión de la farmacología de la ayahuasca, y el progresivo descubrimiento de los mismos (o muy parecidos) compuestos psicoactivos en especies botánicas de otros lugares del mundo, abrió la exploración de los ánalogos de la ayahuasca (véase Ott, 1994). Esto es, preparados que se basan en las mismas sinergias que la ayahuasca amazónica, pero que usan como ingredientes plantas distintas. En un caso notable, los alcaloides beta-carbolínicos producidos en Banisteriopsis también se pueden encontrar, en concentraciones aún mayores, en Peganum harmala L., conocida como ruda siria o harmal, el arbusto mediterráneo en el que la harmina y la harmalina se aislaron por primera vez [6] y que es también el origen de sus nombres. Aunque la DMT, por su parte, aparece con sorprendente frecuencia en el reino vegetal, raramente lo hace en concentraciones lo suficientemente altas (y limpias) para que una especie resulte un ingrediente viable de bebidas visionarias potentes. La familia más fructífera en este sentido parece ser la de las legumbres, Fabaceae, en la que Mimosa tenuiflora (=hostilis) (Willd.) Poir., un pequeño árbol o arbusto de Brasil y Mesoamérica, se ha convertido en la fuente vegetal más conocida y fiable de DMT. Es también la protagonista de sus propias ceremonias visionarias en una tradición del noreste de Brasil. Y en la misma familia, un grupo de árboles y arbustos entre los que sabemos que se dan concentraciones significativas de alcaloides triptamínicos son las acacias. La primera especie de su género en la que se identificó DMT (junto a NMT, N-metiltriptamina) fue Acacia maidenii F.Muell., en 1965 [7]. Desde entonces, también se ha encontrado en cantidades relevantes en otras especies nativas principalmente de Australia.
Inflorescencias y legumbres de Acacia maidenii, 7th Brigade Park, Chermside. Foto de John Robert McPherson (2026)
Los efectos (particularmente las visiones) provocados por la toma de DMT solo, habitualmente vaporizado, son breves pero intensos y pueden resultar asombrosos. Y no es una exageración, sino más bien la impresión literal que a menudo transmitirá quien los haya experimentado. En el contexto de la ayahuasca, capaz de producir experiencias menos súbitas pero mucho más prolongadas, su sinergia ha sugerido la interpretación de que el objeto de la mezcla es “permitir que la DMT funcione por vía oral”. Lo que es sin embargo una descripción un tanto reduccionista, y en parte resultado de nuestra propia gestalt cultural. La civilización moderna produce humanos sumamente visuales, más susceptibles al asombro y la revelación como resultado de visiones, se perciban con los ojos abiertos o cerrados. Este aspecto, que sin duda habrán tenido en cuenta los chamanes indígenas que, para ofrecer experiencias más interesantes a los extranjeros, pueden haber aumentado la proporción de plantas que intensifican las visiones, es solo una parte de la magia de la ayahuasca.
Sea como sea, durante las últimas décadas todo tipo de exploradores, incluyendo a investigadores de distintas disciplinas, han sido atraídos por la ayahuasca y han producido una enorme cantidad de literatura al respecto. Uno de ellos fue Benny Shanon, que a instancias de sus estudios sobre la conciencia conoció la ayahuasca en el Amazonas a principios de los noventa y, cómo no, quedó profundamente impresionado [8]. Sorprendido por las similaridades entre las visiones que experimentó y las que relataban los indígenas, emprendió un estudio pionero de psicología cognitiva sobre la ayahuasca: partiendo de entrevistas y de sus muchas experiencias personales con la bebida, publicó el interesante monográfico The Antipodes of the Mind (Las antípodas de la mente) [9]. En él declara, como su hallazgo principal, que «las visiones de la ayahuasca presentan importantes puntos en común a nivel interpersonal que trascienden las diferencias socioculturales» [10].
De forma inevitable, el legado judío de Shanon tuvo una influencia en sus experiencias y las reflexiones que siguieron, lo que contribuyó a su formulación de la hipótesis sobre los “enteógenos bíblicos”, que desarrolló después y nos ocupa aquí. En el texto propone una serie de consideraciones —algunas de las cuales trataremos luego— para apoyarla, a partir de “observaciones comparativas experienciales-fenomenológicas, reflexiones lingüísticas, exégesis de textos judíos antiguos y otras tradiciones del Medio Oriente, conocimientos antropológicos, y datos etnobotánicos” [11]. Su hipótesis se articula principalmente alrededor del libro del Éxodo, incluyendo el encuentro de Moisés con la zarza ardiente, la teofanía en la montaña del Sinaí, la construcción del Tabernáculo (esencialmente, una tienda-santuario pensada como morada para Dios durante el viaje de los israelitas por el desierto) y el Arca de la Alianza, donde las tablas con los diez mandamientos recién recibidos de Dios debían guardarse y transportarse.
The erection of the tabernacle and the Sacred vessels, as in Exodus 40:17–19; from Figures of the Bible (1728)
La construcción del Tabernáculo y los recipientes sagrados, de Éxodo 40:17-19, en "Figuras de la Biblia" (1728)
El trabajo interdisciplinar puede resultarle abrumador a cualquiera; no es nuestro propósito abordar todas y cada una de las observaciones realizadas por Shanon para corroborar su hipótesis. Algunas de sus sugerencias, como la idea de que la zarza ardiente (aunque sin quemarse) donde Moisés se encontró con Dios, o las manifestaciones en la montaña del Sinaí serían resultado de sustancias alucinógenas, podría aplicarse a casi cualquier relato de visiones o experiencias místicas a lo largo de la historia. Aunque, con la ayahuasca en mente, Shanon entra en detalles: por ejemplo, acerca de cómo la manifestación colectiva de Dios viene precedida por tres días de purificación y abstinencia sexual por parte de los israelitas, lo que relaciona con la dieta preliminar de las ceremonias de ayahuasca (obviando el hecho de que purificación y abstinencia son habituales antes del trabajo ritual en múltiples tradiciones); o la transformación de una vara en serpiente, a la que Shanon refiere como elemento recurrente común en las visiones de la ayahuasca (pero que es, relacionada o no con sustancias psicoactivas, un importante símbolo casi ubicuo en mitos y escrituras sagradas).
El argumento que más nos interesa aquí es precisamente aquel que, como hemos visto en nuestra cita inicial, sirve de base principal para la hipótesis: los datos etnobotánicos.
Hay muchas variedades del árbol [acacia], y no solo crece en el desierto del Sinaí sino también en Australia, Mexico y América del Sur. Las subespecies [sic] que crecen en la península del Sinaí y contienen DMT son Acacia albida (Mimosaceae), Acacia lactea [sic] (Mimosaceae) y Acacia tortilis (Mimosaceae). También tienen contenido en DMT Acacia seyal (Mimosaceae) y Acacia nilotica (Mimosaceae), que crecen en Egipto (véase Shulgin y Shulgin, 1997). Feliks (1997) propone que el shittim bíblico es Acacia albida; Duke (1983) asocia al shittim con Acacia seyal. Sin embargo, Danin (en comunicación personal), experto principal actual en plantas de la Tierra de Israel, me ha señalado que ninguna de estas plantas crece en la península del Sinaí. (…) Por tanto, las candidatas más probables parecen ser Acacia tortilis y Acacia lactea [sic]. En resumen, aunque la identificación específica del arbol bíblico pueda no estar resuelta, es un hecho que algunas subespecies de acacia que crecen en la región contienen DMT. [12]
Shittim es el nombre que las escrituras y la tradición hebrea en general usan para referirse a las acacias del desierto cuya madera aparece mencionada en Éxodo, y de la que hablaremos después. En esta cita, entendemos que Shanon sugiere como candidatas a A. (actualmente Vachellia) tortilis y A. (actualmente Senegalia) laeta, y no “lactea”. Si nos seguimos basando en mapas actuales de su distribución [13], podríamos afinar aún más la probable identidad del árbol a V. tortilis, dado que S. laeta no aparece en la península del Sinaí en la actualidad.
Vachellia tortilis en el norte de Wadi Na'am, desierto oriental de Egipto. Foto de Roland Unger (2015). CC BY-SA 4.0
No hace falta decir que en su artículo Shanon también habla del otro factor en esta ecuación con análogos, Peganum harmala [14]. Aunque, como observa, no se menciona al harmal en ninguna parte de la Biblia, sus aplicaciones en medicina y magia y sus propiedades están ampliamente documentadas desde el Mediterráneo oriental al Medio Oriente. Llegados aquí, y aunque no hay evidencia del uso de ningún “análogo de la ayahuasca” en la historia antigua del Próximo Oriente (no existen pruebas concluyentes, como admite el mismo Shanon), el terreno está abonado. Con la presencia de DMT en todas estas especies de acacia, y con la solvencia indiscutible de P. harmala en el papel farmacológico de B. caapi, la hipótesis de los enteógenos bíblicos era lo bastante atractiva para cuajar —y no solo alimentar la especulación entre interesados en las sustancias psicoactivas o el mundo antiguo. Algunas conjeturas fueron adoptadas también en fuentes académicas. Nuestro colaborador Rafael Sacramento nos informa de un caso: en España, el Dr. Eduardo Carlos González Wagner, profesor de Historia Antigua en la Universidad Complutense de Madrid, repitió en un texto escrito para su presentación de 2012 en el congreso El Tiempo y la Momia que “algunas subespecies que crecen en el desierto del Sinaí y en el Négev, como Acacia albida, Acacia lactea y Acacia tortilis contienen DMT, así como Acacia seyal y Acacia nilotica que crecen en Egipto” (Wagner 2012). La misma información, que como podemos apreciar reproduce textualmente erratas del artículo original de Shanon, también aparecía en su presentación en la conferencia de 2014 “Ciencia y Técnica en el Antiguo Egipto” (Wagner 2014). Algunas de las afirmaciones que hemos visto a lo largo de la pasada década sobre “DMT en el Antiguo Egipto” deben tener el mismo origen.
Pero usar como piedra angular de una hipótesis especulativa datos etnobotánicos sin hacer una revisión meticulosa de sus fuentes es algo osado. Podemos comprender la audacia de Shanon al escribir “es un hecho que algunas subespecies de acacia que crecen en la región contienen DMT”; sobretodo porque se basó en datos facilitados por una fuente que, ciertamente, era de lo más fiable que cabía esperar en lo que a compuestos psiquedélicos se refiere: Alexander Shulgin.

Una confusión tras el mito

La DMT está en todas partes, tituló Shulgin el capítulo de su libro TiHKAL, La Continuación dedicado a las muchas fuentes de triptaminas psiquedélicas en plantas, hongos e incluso animales. Claro que el titulo es una hipérbole, pero si se conoce el trabajo de los Shulgin (y si no, hay una breve introducción en el segundo número de nuestro boletín digital) se sabe que sus obras maestras PiHKAL y TiHKAL son únicas en su alcance y perspectiva, y ni su contenido ni su estructura siguen los protocolos de la literatura académica.

En dicho capítulo, y tras una mención de Acacia maidenii, la primera especie en el grupo donde apareció la DMT, Shulgin escribe:

Hay DMT (o NMT, o T) notificado en las siguientes especies de Acacia: A. albida (DMT en la hoja), A. confusa (DMT y NMT en la hoja, tallo y corteza), A. cultriformis o acacia de resplandor del oro o acacia de hojas de cuchillo (T en la hoja y tallo), A. laeta (DMT en la hoja), A. mellifera (DMT en la hoja), A. nilotica (DMT en la hoja), A. phlebophylla o Buffalo Sallow Wattle (DMT en la hoja), A. podalyriaefolia o acacia del Monte Morgan, o acacia plateada de Queensland (T en la hoja), A. polyacantha (DMT en la hoja), A. senegal (DMT en la hoja), A. seyal (DMT en la hoja), A. sieberiana (DMT en la hoja), A. simplicifolia (DMT y NMT en la hoja, tallo y corteza del tronco), y A. vestita o acacia peluda (T en la hoja y tallo). [15], [16]

Poco después, Shulgin añade también una historia que
… trata de las acacias que se encuentran y se identifican con la historia antigua de Oriente Medio y Egipto. En aquella época existía un aceite balsámico que los beduinos vendían a los sacerdotes y que afirmaban que procedía del verdadero “árbol del conocimiento”, y que sólo se encontraba en las zonas más sureñas [bajas] de la tierra, cerca del Mar Muerto y del desierto del Sinaí. Este aceite balsámico se extraía de la A. tortilis, o la acacia paraguas. [17]

En sus influyentes clásicos PiHKAL y TiHKAL, Shulgin no incluyó referencias a fuentes en los capítulos sobre sustancias psicoactivas porque se basaba esencialmente en su propia y extensa auto-experimentación y notas de laboratorio. Esta lógica llegó también al contenido sobre fuentes vegetales de triptaminas, que aunque se basaba en investigaciones de terceros no incluyó fuentes bibliográficas. En este caso particular, sin embargo, parece muy probable que la fuente original fuera el único artículo publicado previamente sobre la presencia de DMT en ciertas especies de Acacia de África y el Medio Oriente, un artículo de 1975 que quizá esté en el origen de una confusión histórica. No queda claro si el mismo Shulgin malinterpretó el artículo, lo que parece improbable dada su experiencia en química, o si otra persona le facilitó los datos y Shulgin no llegó a verificarlos en la fuente original.

Small reproduction of the 1975 paper in question, from a copy kindly provided by Keeper Trout
Pequeña reproducción del artículo en cuestión, a partir de una copia amablemente facilitada por Keeper Trout.
Este artículo se llamaba “Dimetiltriptamina en las hojas de ciertas especies de Acacia en el norte de Sudán” [18], título que, a la luz de los resultados que comparte, resulta algo sensacionalista aún siendo técnicamente correcto. Se desarrolló en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Khartoum, y apareció en 1975 en Lloydia, publicación periódica de la Biblioteca Lloyd de Historia Natural y la Sociedad Americana de Farmacognosia. En el estudio, quizá motivado por los varios hallazgos de DMT en especies de Acacia de Oceanía y el sureste asiático, las hojas secas de una lista de las acacias que se encontraban en el norte de Sudán (y presentes también, junto a otras acacias, en zonas desde África del Sur al Medio Oriente) se analizaron en busca de alcaloides. Concretamente: A. albida Del., A. laeta R. Br. ex, A. mellifera (Vahl) Benth., A. nilotica (L.) Del. var. typica, A. nubica Benth, A. polycantha [sic] Willd subsp. campylacantha (Hochst. ex A. Rich), A. senegal (L.) Willd, A. seyal Del. var fistula (Schweinf.) Oliv., A. seyal var. seyal, A. sieberana [sic] D. C., y A. tortilis (Forsk.) Hayne.
Esta lista coincide casi completamente con la de Shulgin (de quien, hay que recordar, Shanon obtuvo los nombres) si descontamos las otras especies que incluyó pertenecientes a otras partes del mundo, donde se ha encontrado DMT sin lugar a dudas, como A. confusa, A. phlebophylla o A. simplicifolia. Shulgin dijo también que la DMT se había encontrado “en la hoja” de todas estas especies africanas, que es precisamente lo que el estudio sudanés analizó y mencionó de forma explícita en su título. De modo que es razonable suponer que este artículo fue, directa o indirectamente, la fuente de Shulgin.
Pero el problema radica, justamente, en los resultados que reporta el artículo:
Las hojas de once variedades diferentes de Acacia que representan a diez especies distintas fueron examinadas en busca de alcaloides. Solamente tres especies, en concreto A. polycantha subsp. campylacantha, A. nubica, y A. senegal dieron resultado positivo. (…) el rendimiento de dimetiltriptamina de A. polycantha subsp. compylacantha fue del 0,004%; de A. nubica, 0,0016%; y de A. senegal, 0,003%. [19]
No solo se encontró DMT únicamente en tres de las once variedades (siendo una de ellas A. nubica, curiosamente la única que falta en la lista de Shulgin) sino que además se encontró en concentraciones muy pequeñas, por debajo del umbral de lo que la investigación fitoquímica suele considerar “trazas”. En comparación, para obtener la misma cantidad de DMT que contienen 10 g de hojas de Psychotria viridis (lo que más o menos equivale a una dosis media de ayahuasca) se necesitaría 1,5 kg de hojas de A. senegal. [20]
Y no se encontraron alcaloides en las otras ocho especies, incluyendo a las dos que Shanon consideró candidatas a la identidad del shittim bíblico, A. laeta y A. tortilis. Parece ser que alguien leyó mal el artículo de 1975, lo que desembocó en una cadena de suposiciones sin fundamento que sigue a día de hoy.
Aunque solo esto ya desmonta el argumento central de la hipótesis sobre enteógenos bíblicos en la fecha en la que se propuso, queríamos confirmar los datos en publicaciones más recientes y hemos realizado una revisión de la literatura disponible a día de hoy relativa a propiedades y análisis fitoquímicos de todas las especies mencionadas por Shanon en su artículo. Esta revisión, realizada por Rafael Sacramento, resulta demasiado extensa para incluirla aquí y estará disponible como apéndice. Pero para citar sus conclusiones,
aunque algunas especies mostraron la presencia de triptaminas, en la mayoría no fue así, y en los pocos casos en los que dichos compuestos aparecieron, se encontraron solo en trazas. Al contrario que en el género Acacia sensu stricto, donde tenemos a varias especies con cantidades significativas de DMT y otras triptaminas psicoactivas (Donavan et al 2025), en el caso de Senegalia y Vachellia no pudimos encontrar ninguna prueba de triptaminas psicoactivas en cantidades significativas. (…) Investigaciones futuras que arrojen nueva luz sobre el tema podrían llevar las conclusiones en otra dirección, pero por el momento, debemos considerar que estas afirmaciones carecen de fundamento y parecen basarse en malentendidos derivados de publicaciones antiguas o en hipótesis poco plausibles basadas en pruebas poco sólidas.
Una revisión exhaustiva con fines parecidos fue realizada en 2022 por Nicholas Sadgrove, de la Universidad de Johannesburgo en África del Sur [21], que también publicó recientemente otro artículo informando del hallazgo de pequeñas cantidades de DMT en una especie africana distinta, S. ataxacantha [22]. En el mismo estudio, V. tortilis fue analizada una vez más sin que se detectaran alcaloides. Hasta nuevo aviso, y sin que sea necesario recurrir a argumentos adicionales, las especulaciones sobre análogos bíblicos de la ayahuasca pueden darse por zanjadas.
Aún así, el gran aprecio del que han sido objeto las acacias del desierto sigue ahí. Con o sin sustancias visionarias, los pueblos de regiones áridas del norte de África y el Próximo Oriente han dado a estos árboles una consideración especial, incluso viéndolos como sagrados en tiempos antiguos —y esto es, sin lugar a dudas, un hecho.
Una acacia, probablemente V. tortilis, creciendo en un valle de la península del Sinaí. Foto de Florian Prischi (2007). CC BY-SA 3.0

La acacia sagrada

Ha habido árboles, arboledas e incluso bosques sagrados en prácticamente todas las culturas. Como veremos, sin embargo, esta dimensión sagrada ha recibido diferentes interpretaciones (de haber sido formalmente reconocida) por parte de cosmovisiones y creencias religiosas distintas. Las diferencias entre lo que en occidente se ha llamado religión natural (basada en la observación del cosmos, y como tal universalmente accesible) y religión revelada (derivada de comunicación divina y habitualmente representada en textos sagrados) resultan aquí especialmente relevantes. Las religiones indígenas de la Amazonía, para nosotros, encajan en la primera categoría; las religiones abrahámicas en la segunda.
Pero ¿qué es sagrado?
Como definición práctica [23] podríamos decir que los árboles sagrados son aquellos sujetos a una adoración y/o veneración que no se practica necesariamente con los otros. Entre las culturas que siguen una religión revelada en nuestro territorio europeo y mediterráneo (principalmente las abrahámicas: Judaísmo, Cristianismo e Islam) “sagrado” no es un calificativo que se aplique fácilmente. Las razones por las que un árbol podría considerarse al menos bendito o bienaventurado suelen ser específicas, y principalmente vinculadas a otros elementos formalmente sagrados en la religión: árboles que se asocian a santos, o que señalan el camino a un lugar sagrado [24]. Las razones que no tienen que ver con lugares o personas destacadas en la fe (sino por ejemplo con los atributos del árbol en sí, como sus frutos, su tamaño o la sombra que proporciona) pueden aparecer, como es de esperar, en grupos que viven en una relación especialmente íntima con el medio ambiente, como los beduinos en el caso del Islam; estas otras razones por supuesto proliferan en culturas más cercanas a una religión natural [25].
En el contexto de las religiones abrahámicas, árboles específicos pueden ser vistos como bendecidos pero no hemos podido identificar a ninguna especie de árbol que, en su totalidad, haya gozado de una bendición por parte de la religión. Una excepción podría ser Ziziphus spina-christi (L.) Desf., un árbol perenne espinoso nativo del Levante y Mesopotamia cuyas ramas, según algunos, se utilizaron en la corona de espinas que Jesús llevaba en la Pasión (otros han sugerido que estaba hecha con alguna de nuestras acacias espinosas). Aunque en el caso del Judaísmo hay pruebas sólidas de que algunos incensos y aceites de unción empleados en los templos, especialmente debido a su contenido en resinas de Boswellia, tenían ciertas propiedades psicoactivas, no hay evidencia de que a ninguna especie de árbol en sí se le atribuyera un papel espiritual especial por sus propiedades psicoactivas o especialmente importantes. El shittim no era una excepción, y lo más probable es que el protagonismo que recibió en la construcción de artefactos del Éxodo se debiera a consideraciones de un tipo más práctico.
La palabra hebrea shittim (שִׁטִּים) se traduce literalmente como “acacias”, siendo la forma plural de shittah (שִׁטָּה), que significa acacia. En su hipótesis, Shanon ofreció una sugerencia etimológica obtenida de intérpretes del Talmud que relaciona shittah con la palabra shtut (tontería) [26], lo que oportunamente evocaría esas supuestas propiedades psicoactivas de la especie. No obstante, y según diversas fuentes, el consenso entre lingüistas parece apuntar en otra dirección. Shittah sería quizá un vocablo obtenido del egipcio antiguo que se refería precisamente a las acacias, o derivaría de una raíz hebrea describiendo sus espinas afiladas, o incluso sus ramas.
"The outlet of Wâdy Nagb Buderah, in the Seih Sidreh". The source identifies the shittim tree as A. seyal, "the only timber tree of any size in the Arabian Desert".
"Entrada al paso de Nagb Buderah, en el Seih Sidreh". La fuente identifica al shittim como A. seyal, "el único arbol de leña en el desierto de Arabia". Ilustración de John Douglas Woodward, c.1881. Colección Digital de la Biblioteca Pública de New York.
Como el nombre shittim es genérico, existe la posibilidad de que V. tortilis no fuera la madera utilizada por la gente de Moisés. Estudios sobre la estructura del Tabernáculo, el sistema de tiendas que los israelitas empleaban como centro de adoración portátil en el desierto, han sugerido que otras especies que podrían crecer en el Sinaí como A. albida (en la actualidad Faidherbia albida) parecían candidatas más plausibles porque V. tortilis resultaría demasiado pequeña para el tamaño de los postes del Tabernáculo [27]. Sea como sea, Éxodo 37 y 38 nos cuentan que la madera de shittim fue la solicitada por Dios (junto a oro, plata, latón, pieles y lino) para fabricar la tabla, mesa y postes del Tabernáculo, los pilares para colgar la puerta, el altar, el arca y las varas para llevarla. Más que por ser psicoactiva, seguramente la madera de shittim se eligió porque estaba disponible en la región y especialmente porque sus propiedades la hacían duradera y capaz de resistir los elementos.
Las acacias del desierto crecen despacio. Producen así una madera densa y dura que es muy resistente, está protegida por su resina de forma natural contra insectos, hongos y humedad, y luce un atractivo rojo oscuro una vez pulida. Incluso hoy en día, los pueblos del desierto usan tablas de madera de acacia —fáciles de limpiar y volver a utilizar— para escribir alabanzas y versos religiosos, y en tiempos antiguos se la usaba a menudo en Egipto para varios fines, incluyendo la construcción de barcos, uso que persiste en la cuenca del Nilo en la actualidad [28].
Fáciles de distinguir en su territorio por sus copas planas, las acacias del desierto crecen donde pocas cosas más son capaces de hacerlo. Árboles como S. laeta, V. seyal, V. tortilis y su subespecie raddiana (una de las más resistentes a la sequía extrema de toda la familia) son consideradas especies clave en los desiertos de África, el Négev y otros paisajes áridos del Medio Oriente. Se trata de una categoría reservada a especies que ejercen un impacto enorme, vital para el ecosistema, por lo que no sorprende que pudieran ser santificadas por los nómadas del desierto; llamadas talh en árabe, las acacias son aliadas muy beneficiosas. En ellas, los beduinos pueden conseguir madera y valiosas resinas si las necesitan, un lugar de pasto para los animales, y sombra (cuya importancia en el desierto no se debe subestimar), además de verlas como indicadoras y creadoras de vida bajo su dosel; varios estudios han destacado la importancia de las acacias “para mantener la heterogeneidad espacial mediante la creación de parcelas ricas en nutrientes en la escasez del desierto, lo que conduce a una mayor diversidad de especies en la región” [29]. Este es, de hecho, un rasgo común en arboledas sagradas incluso fuera de los ecosistemas áridos; actúan como centros de conservación de la biodiversidad, y los grupos que los custodian los reconocen como tales y establecen normas para su protección [30].
Resin exudating from Vachellia tortilis
Vachellia tortilis en Akaba, Jordania. Fotos de Krzysztof Ziarnek, Kenraiz (2023). Licencia CC BY-SA 4.0
Anthene amarah ssp. turlini butterfly on Vachellia tortilis.
Mariposa Anthene amarah ssp. turlini en Vachellia tortilis, en los montes Al Hajar de Omán. Foto de AmethystDreams (2025). Licencia CC BY-SA 4.0
Como ocurre en muchas culturas fuera del desierto, aunque el estatus que reciben los árboles como “dadores de vida” puede deberse en parte a la capa de hojas que depositan en el suelo, protegiéndolo y aportándole nutrientes, hay otras razones mucho más profundas. Los árboles gozan a menudo de una vida mucho mas larga que el ser humano. Las culturas antiguas veían generaciones pasar, todas disfrutando la sombra bajo el mismo árbol, que terminaba por recibir el mismo respeto que la gente anciana. La percepción de los árboles como símbolos de inmortalidad podría estar en el inicio de su adoración [31]. Las acacias fueron “árboles de la vida” en el antiguo Egipto, presentes en leyendas sobre la muerte y el más allá. Estudios sobre poblaciones modernas de V. tortilis en el hiper-árido desierto oriental de Egipto han medido edades entre 200 y 650 años [32], y no es descabellado suponer que algunos individuos en tiempos antiguos, y en zonas menos extremas, pudieron haber vivido aún más.
Vachellia tortilis in Masjid, Oman.
Vachellia tortilis en Masjid, Oman. Foto de Krzysztof Ziarnek, Kenraiz (2025). Licencia CC BY-SA 4.0
También se ha sugerido una conexión entre los árboles, “una forma de naturaleza que representa la vida y la continuidad sagrada de los mundos espiritual, cósmico y físico” [33], y la veneración a los ancestros, quizá una de las prácticas religiosas más antiguas. Viendo a los árboles como testigos, mediadores y vínculos con el más allá, las culturas practicantes de politeísmo y veneración a los ancestros podían considerar a todos y cada uno de los árboles de una especie como sagrados. Esto ha sido documentado en pueblos de África Ecuatorial, India, el Tibet, las islas del Pacífico y en las naciones Nativas Americanas, entre otros [34]. Incluso en la Grecia y Roma antiguas, las arboledas sagradas estaban protegidas por los dioses y había normas estrictas contra cualquier tipo de violación de tales espacios. En las religiones politeístas, árboles y arboledas suelen emplearse como lugares de reunión y vida social. Pero aunque, como observó Shanon, grupos como los beduinos conservan la costumbre de celebrar ritos de juramento bajo grupos de acacias [35], estas costumbres se vuelven menos frecuentes en religiones formalmente monoteístas a las que, casi sin excepción, precedieron cosmovisiones politeístas y animistas. La transición, normalmente violenta, a una religión monoteísta revelada cambiará la relación que se mantenía con los árboles y, cómo no, su consideración de sagrados.
Un árbol shittim (que la fuente identifica como A. seyal) en En Gedi, el mayor oasis de la costa oeste del Mar Muerto. Colección de G. Eric y Edith Matson, Biblioteca del Congreso de los EEUU
Por ello, los cristianos europeos raramente creían en árboles sagrados y fueron responsables del derribo de viejos robles o pinos con importancia religiosa para los pueblos paganos, o de la tala de bosques para su transformación en campos de cultivo [36]. En numerosos casos, árboles o arboledas sagradas resultaron asimilados mediante la construcción de una iglesia en el lugar, a donde después se transferiría la divinidad, siendo los árboles degradados a simple propiedad clerical. Eran estrategias que intentaron reiniciar la historia cultural del territorio, y que se practicaban sobretodo en lugares de significado ancestral. En Europa, por ejemplo, puede explicarse la relativa abundancia de tejos creciendo junto a una iglesia por su antigua conexión con los ancestros. Cuando los cristianos expropiaban la tierra y reclamaban el monopolio sobre todas las relaciones con los muertos (incluyendo sus ritos y los lugares para su entierro), también se aseguraban de que los árboles sagrados vinculados a los muertos quedaran bajo su posesión, y que desde entonces se los vinculara, a lo sumo, con santos u otros personajes sagrados. Cabe destacar cómo, cuando los árboles se convierten en propiedad, nuestra relación con ellos pasa a ser de un tipo principalmente instrumental, lo que también puede ocurrir cuando la razón por la que consideramos sagrado a un árbol es porque tiene propiedades psicoactivas.
Un proceso muy parecido ocurrió con la adquisición de tierras por parte del Islam, que se refiere a la Arabia pre-Islámica como Jahiliyya —que significa literalmente edad de ignorancia, o de barbarie. En su mayoría, el Islam dejó poco margen para que los árboles pudieran seguir siendo sagrados. En relación a nuestras acacias, la historia de al-‘Uzzā resulta un ejemplo perfecto.
Para los antiguos árabes, al-‘Uzzā (un epíteto femenino que significa “la más poderosa”) [37] era una de las tres hijas de Alá. Una deidad planetaria que representaba a Venus, el lucero de la mañana, y también diosa del poder y del amor —lo que parece asociarla estrechamente a la mesopotámica Inanna-Ishtar, y posteriormente a Afrodita. Pruebas encontradas recientemente sugieren que ya se la adoraba en la Edad del Bronce Tardío [38]. Al-‘Uzzā era muy popular en la Arabia pre-islámica, pero también estaba presente en Petra (en la actual Jordania) y posiblemente en la península del Sinaí [39]; su árbol no era otro que la acacia.
El santuario más importante de al-‘Uzzā en Arabia, en el que se creía que la misma diosa solía manifestarse, era un grupo de tres acacias en Nakhlat ash-Shamiyyah, al este de la ciudad de Makkah (Meca) donde se la quería mucho. Con la llegada del Islam, la erradicación de divinidades previas, incluyendo sus lugares sagrados, tenía la más alta prioridad:
Cuando el Profeta capturó la Meca, mandó a Khalid ibn-al-Walid diciéndole, ‘Ve al valle de Nakhlah; encontrarás allí tres árboles. Tala el primero.’ Khalid fue y lo taló. Tras su regreso, el Profeta le preguntó, ‘¿Has visto algo allí?’ Khalid respondió y dijo, ‘No.’ El Profeta le ordenó entonces volver y talar el segundo árbol. Él se fue y lo taló. Cuando volvió, el Profeta le preguntó por segunda vez, ‘¿Has visto algo allí?’ Khalid respondió, ‘No.’ Enseguida el Profeta le ordenó regresar y talar el tercer árbol. Cuando Khalid llegó al lugar se encontró con una mujer abisinia de pelo enmarañado, crujiendo y rechinando los dientes. Tras ella estaba Dubayyah al-Sulami quien era entonces el custodio de al-‘Uzzā (…) [Khalid] asestó a la mujer un golpe que le partió la cabeza en dos, y he aquí que se desintegró en cenizas. A continuación taló el último árbol y mató a Dubayyah el custodio, tras lo cual regresó al Profeta y le informó de su hazaña. Entonces, el Profeta dijo, ‘Esa era al-‘Uzzā. Pero ahora ya no existe. Los árabes no tendrán a ninguna más después de ella. En verdad, nunca más volverá a ser adorada.’ [40]
El pasaje no necesita comentarios, y ejemplifica el procedimiento. Junto a ídolos y guardianes, los árboles y arboledas sagradas de santuarios previos eran quemados o talados, y a otros se los asimilaba con el tiempo, a menudo gracias a la mediación de algún hombre santo que, ya fuera en realidad o ficción, había dejado su huella (o mejor aún, su tumba) en las raíces y así permitía al árbol seguir siendo venerado. Cuanto más santo era el hombre, más santo sería el árbol [41], aunque algunos estudiosos del Islam han dejaron claro que era ya imposible para un árbol ser sagrado [42]. Aún así, las escrituras dicen que deben plantarse árboles y protegerlos; aunque sea solo por los beneficios que aportan a los fieles, son bendecidos. Y algunas ramas del Islam, especialmente el Sufismo, han reinterpretado en clave esotérica (y así, conservado) algunas tradiciones pre-islámicas sobre árboles sagrados, bajo su visión de la naturaleza como un reflejo de la divinidad; no un recurso que explotar, sino un espejo de Dios. Una perspectiva que nos resulta más fácil compartir.
White acacia (Faidherbia albida) growing in the Elah Valley (Israel).
Acacia blanca (Faidherbia albida) creciendo en el Valle de Elah (Israel). Foto de David Bena (2024)
Finalmente, y por lo que respecta al Judaísmo, especialmente después del Éxodo, las escrituras tampoco dejan margen para que se adore a árboles sagrados —por sus propiedades psicoactivas o por otra razón. “Plantar tales arboledas está prohibido, igual que las ašerah, postes o árboles sagrados” [43]. Y el tratamiento que los israelitas deben aplicar a santuarios rivales previos, no fuera que les recordaran a otras herencias y lealtades, es severo:
Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera [árboles y arboledas, anteriormente] consumiréis con fuego; y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar. [44]
Por supuesto no se trata de un acto de guerra contra los árboles; más bien de su sumisión, junto con la de tantas otras cosas, a una doctrina tribal que desbanca a la naturaleza, a la que ya no se ve como una fuente de divinidad sino como propiedad de Dios dada en usufructo, un dividendo pagado a los accionistas fieles. Una visión diametralmente alejada de la cosmovisión amazónica, y que no encajaría muy bien en el entendimiento de cualquier persona sana con firme dedicación a los preparados con plantas enteogénicas.
A pesar de que, dos milenios más tarde, sigue sin haber registro de árboles sagrados en el Levante [45], algunos árboles (aunque no acacias) asociados a ermitas, tumbas y otros lugares importantes se han convertido en sitios de veneración compartidos por judíos, musulmanes, drusos y cristianos. Quizá los nuevos retos y preocupaciones sobre el medio ambiente puedan evocar, algún día, puntos en común mucho más antiguos (y tal vez más importantes) que los patriarcas y profetas compartidos, y motivar prácticas más cercanas a una religión natural. Esta forma de expresarlo, sin embargo, sugiere que aún nos queda mucho trabajo por hacer.
En nuestra cultura, la ayahuasca quizá sea como el proverbial dedo que señala la luna, y una lección crítica que podemos aprender gracias a ella se encuentra, más que en su farmacología, en sus custodios. Entre los Tukano, el pueblo del noroeste de Brasil que acogió por primera vez a un botánico europeo para que asistiera a una ceremonia de ayahuasca, no existe una palabra para “natural”. Ocurre lo mismo en varios otros idiomas de la Amazonía. La cosmovisión indígena del Amazonas carece de un concepto para algo llamado “naturaleza” como dominio aparte de la cultura humana. Nos explican que usar una palabra como “naturaleza” crea una falsa división entre los seres humanos y el medio ambiente. Reconocer esta falsa división podría darnos una respuesta a la pregunta de qué es sagrado. Tal vez la solución no se encuentra en reflexionar y decidir qué merece ser considerado sagrado y por qué, sino en aceptar que la acacia es sagrada porque todo lo es.
Los árboles y demás plantas, las estrellas y el ganado eran los materiales que formaban el pensamiento pre-islámico. [Se ha] mostrado que la vida en la antigüedad era más profunda de lo que nuestra pluma ha descrito hasta ahora. Ningún estudio ha hecho aún justicia a este legado, que sigue enterrado en la arena. [46]

Agradecimientos

Quiero dar las gracias especialmente a Rafael Sacramento, por su concienzuda revisión de artículos académicos recientes sobre la fitoquímica de las acacias de África y el Medio Oriente. Su informe aportó consideraciones esenciales (y a veces, literales) al presente artículo, y sobre todo me permitió asegurarme de que algunas conclusiones son consistentes con la investigación disponible.

Gracias también a Keeper Trout (https://troutsnotes.com) por compartir amablemente una copia de Wahba Khalil & Elkheir 1975, y en general por su extraordinario trabajo investigando, recopilando y publicando información sobre las fuentes botánicas de compuestos psiquedélicos. Sus libros, disponibles de forma gratuita, siguen siendo una fuente de referencia sin igual.

También quiero agradecer a Andrew Dunn la interesante conversación que mantuvimos sobre Peganum harmala y la hipótesis sobre triptaminas en el Medio Oriente, y que al cabo motivó el presente artículo.

Referencias

1. Kyalangalilwa, Bruce & Boatwright, James & Daru, Barnabas & Maurin, Olivier & Bank, Michelle. (2013). «Phylogenetic position and revised classification of Acacia s.l. (Fabaceae: Mimosoideae) in Africa, including new combinations in Vachellia and Senegalia: Reclassification of African Acacia Species». Botanical Journal of the Linnean Society. 172. 500-523. 10.1111/boj.12047.
2. Shanon, Benny (2008). «Biblical Entheogens: A Speculative Hypothesis». Time and Mind: The Journal of Archaeology, Consciousness and Culture. Vol. I, Issue I, March 2008. 51-74
3. Luna, Luis Eduardo. «Vegetalismo. Shamanism among the mestizo population of the Peruvian Amazon». Doctoral dissertation, Universitat of Stockholm, June 1986.
4. Samorini, Giorgio (2019). «Fake News About Ayahuasca’s Archaeological Antiquity». In https://chacruna.net/fake-news-about-ayahuascas-archeological-antiquity/
5. https://ayahuasca-timeline.kahpi.net/
6. Por el químico alemán Julius Fritzsche in 1847.
7. Fitzgerald J, Sioumis A. (1965) «Alkaloids of the Australian Leguminosae. V. The occurrence of methylated tryptamines in Acacia maidenii F. Muell.» Australian Journal of Chemistry 18, 433–434.
8. Shanon 2008, 55
9. Shanon, Benny. The Antipodes of the Mind: Charting the Phenomenology of the Ayahuasca Experience. Oxford University Press, NY, 2002
10. Shanon 2008, 55
11. Ibid. 51
12. Ibid. 64-65
13. https://powo.science.kew.org/taxon/urn:lsid:ipni.org:names:60451308-2
14. Shanon menciona, en la p.58, que encontró una población de harmal cerca de las cuevas de Qumran, conocidas por el descubrimiento de los manuscritos más antiguos de la Biblia hebrea, lo que le pareció una coincidencia «muy poderosa»; cabe mencionar, sin embargo, que se ha llegado a utilizar a P. harmala como «marcador» a la hora de decidir lugares prometedores para excavaciones arqueológicas, ya que la planta gusta de crecer cerca de asentamientos humanos, probablemente debido a los depósitos de fosfatos acumulados tras muchas generaciones de ganado, especialmente ovejas y cabras.
15. La cita proviene de Shulgin, Alexander & Shulgin, Ann. TiHKAL, The Continuation. Transform Press, Berkeley, CA 1997. p.265. Existe una traducción española publicada por la Editorial Manuscritos en 2015, p.317-318, pero curiosamente en este párrafo la traducción contiene erratas, por lo que aunque sigo en parte dicha traducción, me baso en el original en inglés.
16. NMT se refiere, como hemos mencionado, a la N-metiltriptamina, que difiere de la DMT (N,N-dimetiltriptamina) en solo un grupo metilo en el nitrógeno. T es triptamina, derivado directo del aminoácido triptófano, y a su vez precursor metabólico de NMT y DMT. La presencia de T puede ser significativa en la búsqueda de ambas.
17. Shulgin, Alexander y Shulgin, Ann. TIHKAL. La Continuación. Editorial Manuscritos, 2015. p. 318
18. Wahba Khalil SK, Elkheir YM. «Dimethyltryptamine from the leaves of certain Acacia species of northern Sudan». Lloydia. 1975 Mar-Apr;38(2):176-7. PMID: 1055855.
19. Ibid. 177
20. A los 1,5 kg de hojas, deberíamos añadir una dosis suficiente de un inhibidor de la MAO como la harmina o la harmalina. Pero con cantidades tan grandes de materia vegetal, los aspectos prácticos de la elaboración no serían el único problema, ya que compuestos potencialmente tóxicos en la planta como glicósidos cianogénicos pasarían también al preparado si no se realizara una extracción o purificación previa.
21. Sadgrove, Nicholas J. «Rumors of Psychedelics, Psychotropics and Related Derivatives in Vachellia and Senegalia in Contrast with Verified Records in Australian Acacia.» Plants (Basel). 2022 Dec 2;11(23):3356. doi: 10.3390/plants11233356. PMID: 36501395
22. Sadgrove, Nicholas & Wyk, Ben-Erik. (2025). «A survey of tryptamines in southern African Senegalia and Vachellia reveals N,N-dimethyltryptamine in Senegalia ataxacantha«. Biochemical Systematics and Ecology. 121. 104993. 10.1016/j.bse.2025.104993.
23. Dafni, Amots. «On the typology and the worship status of sacred trees with a special reference to the Middle East». J Ethnobiology Ethnomedicine 2, 26 (2006). p2. https://doi.org/10.1186/1746-4269-2-26
24. Ibid. p4
25. Dafni, Amots. «The supernatural characters and powers of sacred trees in the Holy Land». Journal of ethnobiology and ethnomedicine. 3. 10 (2007) 10.1186/1746-4269-3-10.
26. Shanon, 65
27. Homan, M. M. 2002. To your Tents, O Israel! The Terminology, Function, Form, and Symbolism of Tents in the Hebrew Bible and the Ancient Near East. Leiden:Brill.
28. Musselman, Lytton John. Figs, Dates, Laurel, and Myrrh: Plants of the Bible and the Quran. Timber Press, 2007. 40
29. Munzbergova, Zuzana & Ward, David. «Acacia trees as keystone species in Negev desert ecosystems». Journal of Vegetation Science 13: 227-236, 2002
30. Khan ML, Khunbongmayum AD, Tripathi RS. «The Sacred Groves and Their Significance in Conserving Biodiversity: An Overview». International Journal of Ecology and Environmental Sciences 34 (3): 277-291, 2008. National Institute of Ecology, New Delhi
31. Dafni 2006
32. Andersen GL, Krzywinski K. «Longevity and growth of Acacia tortilis; insights from 14C content and anatomy of wood». BMC Ecology 2007, 7:4
33. Frese PR, Gray SJM: The Encyclopaedia of Religion: Trees. Edited by: Eliade M. 1995, New York, USA, Simon and Schuster and Macmillan, 15: 26-33.
34. Dafni 2006
35. Shanon, 66
36. https://arboriculture.wordpress.com/2016/10/09/christianity-religion-trees/
37. Healey, John F. The Religion of the Nabataeans, A Conspectus. Brill, The Netherlands, 2001. 114
38. Becking, Bob. «On the Origin of the Deity Uzzah». Journal for Semitics Vol. 33, No. 1-2. December 2024, 1-16
39. Healey, 116
40. Healey, 118-119
41. Dafni 2006
42. Dafni, Amots. (2011). «On the Present-day Veneration of Sacred Trees in the Holy Land». Folklore: Electronic Journal of Folklore. 48. 7-30. 10.7592/FEJF2011.48.dafni.
43. Grey, Peter. Lucifer: Princeps. Scarlet Imprint, London 2025. 50
44. Deuteronomio 12:2-3. Versión Reina Valera 1960. La acotación es mía. En traducciones más recientes de la Biblia se ha optado por hablar de «imágenes de Asera» (ašerah) en lugar del término habitual en las traducciones más populares como la de King James, que se refiere a groves, bosquecillos o arboledas, probablemente porque la destrucción de arboledas casa cada vez menos con lo aceptable en nuestro tiempo.
45. Dafni, A. «Rituals, ceremonies and customs related to sacred trees with a special reference to the Middle East». J Ethnobiology Ethnomedicine 3, 28 (2007). https://doi.org/10.1186/1746-4269-3-28
46. Masarwah, Nader. «Religious Beliefs in Pre-Islamic Poetry». Sociology Study ISSN 2159-5526. July 2013, Volume 3, Number 7, 531-542

Si no se indica lo contrario, todas las traducciones al español son del autor.

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